La mejor forma de viajar a Sri Lanka, a medida y en privado. De las riberas bordeadas de cocoteros, las llanuras tropicales tapizadas de arrozales y playas vírgenes, a las plantaciones del legendario té de Ceilán salpicadas de antiguas mansiones coloniales, hoy reconvertidas en encantadores hoteles. La pequeña Sri Lanka sorprende por combinar una riqueza natural y cultural única en el mundo, un clima privilegiado y el leve rastro de distinción británica de la antigua era colonial.
Salvaje y auténtica, la perla del Índico despunta como uno de los destinos más sorprendentes y menos masificados del continente asiático. Vaya donde vaya el viajero, sus habitantes le recibirán con una sonrisa.
En la antigua Ceilán, existe un lugar único y salvaje enclavado en mitad de las montañas de Nuwara Eliya. Una antigua fábrica de té, reconvertida en alojamiento de lujo y con vistas de vértigo. Allí, los monos trepan por los pilares como si fueran árboles, los vencejos construyen nidos por las esquinas y los elefantes se acercan a beber y bañarse al lago que hay frente al hotel.
Parte de la experiencia ofrece la oportunidad de aprender a recolectar hojas de té en la plantación que lo rodea, asistiendo a l proceso de secado y empaquetado. Un recuerdo que perdurará imborrable en la mente del viajero.
Sri Lanka tiene un clima tropical con temperaturas muy agradables, durante todo el año, y con monzones ocasionales de baja intensidad. Gracias a una cordillera central que actúa de pantalla divisoria, los monzones sólo afectan a la costa noreste de noviembre a enero y a la costa sudoeste de mayo a julio. En la zona interior y de montaña (Nuwara, Eliya, Pico de Adán, etc.), las temperaturas suelen ser más frescas y pueden bajar a unos 15º centígrados por la noche.
En la cuidad de Kandy, durante los días de luna llena de julio y agosto, se celebra el festival budista Esala Perahera. Tiene una duración de 10 días y coincide con el mes lunar “Esala”, según el calendario cingalés. Sus preciosas calles se inundan de peregrinos, curiosos y viajeros que se encaminan en procesión hasta el Templo del Diente de Buda, donde se guarda esa reliquia sagrada. Un gran elefante bellamente decorado desfila portando una réplica del diente y decenas de elefantes, músicos y bailarines vestidos con trajes tradicionales lo siguen por todas las calles iluminadas con antorchas.